APRENDIZAJES DE LA MEMORIA – PARTE 1

4 de Maio de 2018 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

Cuando comenzamos a indagar sobre la procedencia de las palabras –eso que llamamos etimología-, con frecuencia solemos encontrarnos con sentidos que nos sorprenden, o reafirman nuestras convicciones. El término memoria, por ejemplo, atesora, entre otros, los sentidos de “custodiar”, “conservar” (“memoria tenere, custodire aliquid, conservar algo en la memoria, recordarlo” –Diccionario Latino-Español, Español-Latino, Vox, p. 297-). Mas, ¿cuáles serían esos resortes capaces de activar la facultad de recordar que poseemos las personas?; ¿por qué lo hacemos?, ¿en qué momentos?, ¿con qué intenciones…?

Eso ya no es fácil de contestar, aunque supongo que habrá tratados sobre estos temas a los cuales no he tenido la ocasión de acceder aún. En todo caso, lo que me motiva a escribir ahora en el espacio digital de processocom es poder compartir con nuestros lectores una serie corta de textos, constitutivos de lo que provisionalmente he denominado memoria de familia. Investigación emprendida hace más de un año para intentar recuperar, en parte, aquellos aspectos y particularidades que a los Pereira-Valarezo –mi familia de origen- nos han identificado como núcleo compuesto por una docena de personas, criados en una finca del barrio Limoncito, junto a una pequeña ciudad centenaria y de tradición minera del Ecuador, llamada Zaruma, desde mediados del siglo anterior hasta el decenio de los setenta.

A sabiendas de que la memoria es un texto que reconstruimos en el presente con los insumos que nos proporciona el pasado cercano o lejano, a través de imágenes mentales, conversaciones, lecturas, registros fotográficos o videográficos, y otros recursos, no deja de ser más que un intento subjetivo por recuperar y compartir determinadas realidades que podrían ser comunes o no con otras personas; pero que, al mismo tiempo, pudiesen   tornarse interesantes como experiencia, registro histórico, narrativa ciudadana, texto folclórico, lugar de enunciación, recuerdo afectivo, y cuánto más.

En lo que va de la investigación, grosso modo, los aprendizajes de esta memoria de familia,  han superado con creces las expectativas que me había presupuesto inicialmente, demandado e impulsado, sobre todo, por la diversificación temática que se ha ido derivando del objeto de estudio; semiosis conjugada en el espacio-tiempo de personas, acontecimientos, lugares, objetos, textos, y demás instancias que nos  estructuran como seres humanos. Muestra de ello son los personajes que alimentaron nuestro imaginario en Limoncito, en esas fases de niñez y adolescencia, que se los presento a continuación en mi lengua materna.

Coincidencias de la vida

En estas cosechas de la memoria, menciono primero a Martín, porque fue él quien comenzó a cebar y nutrir aquel afán de querer conocer nuevos horizontes y personas, cuando montado en su mula fuerte y veloz –bien pertrechado- recorría los senderos para detenerse en cada casa, habida y por descubrir. Entonces gritaba retumbante: ¡la leeeche! Era, por supuesto, el lechero, que de lunes a sábado bajaba desde las alturas de El Bosque para recorrer nuestro barrio, y quién sabe por dónde más iría este jinete tostado por el sol de la cordillera de Vizcaya, llevando a cuestas su treintena años, y la urgencia de vender el líquido vacuno que colmaba los recipientes de zinc, antes de que el sol zarumeño lo malograra y tuviese que venderlo a precio de nada, si es que alguien se arriesgaba a transformarlo en manjar de poca monta.

Yo advertía en Martín la figura de quien se acomodaba sobre el lomo de la mula, bifurcando sus piernas entre las árguenas de cuero que sustentaban los envases taponados con troncos de guineo; y que, en hábil maniobra, de pronto estaba en el suelo, levantando la vasija cilíndrica sobre un embudo colocado en el cuello una oscura botella de cerveza, de medición dudosa, según lenguas expertas en estos menesteres. No obstante, nuestra madre, advertida como era, con un proceder sencillo desbarataba ese fraude; pues, ponía por delante una jarra equivalente a dos botellas, que el lechero del barrio no podía driblar y, peor aún, chistar por la medida justa.

Pie en el estribo de nuevo, y la talla de Martín se encaramaba, expedito, sobre la acémila compañera  –resignada al freno y a la espuela-, rumbo para otro destino…; ¡justo lo que yo anhelaba! En mis adentros de niño, reducido a las fronteras de una finca  –que bien conocía hasta en sus rincones menos ollados-, jinetear una mula como esa, e ir por doquiera –me imaginaba- sería tocar un mundo con todos los sentidos, al son de las herraduras y el ladrido de unos perros, que hasta podrían amedrentarme un poco, pero no alcanzarme.

¡Coincidencias de la vida!, Martín fue también un gato que hizo historia en la familia Pereira-Olivo (Alberto, Cecilia, Gabriela y A. David), después de muchos años (ya en la capital), mientras mis caros anhelos de aventura se iban concretando de a poco, y su ternura gatuna –que era inmensa- inundaba mi estudio por las noches, a la vez que su nombre se transformaba en martimgato@hotmail.com. Digno homenaje que aún perdura en el correo de mi hijo y su errabunda aventura digital.

#Aprendizajes#Memorias#Zaruma

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