Colombia, crónica de unas vacaciones – Capítulo 9

4 de julho de 2016 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

EN POS DEL “PUEBLITO PAISA”, ENCONTRAMOS A LAS PERSONAS

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Detalles interiores de una de las casitas del Pueblito Paisa.

MEDELLÍN, SÁBADO 30 DE ENERO DE 2016

Embriagados en el néctar de nuestro turistear, no sé por qué, con Jiani, amanecimos con la idea de que hoy era domingo y que, por lo tanto, nuestros cuerpos merecían un descanso más prolongado, seguramente exigidos por la trasnochada que demandó una serie de televisión y una película mexicana –de esas en blanco y negro de hace unos sesenta años, en las cuales las historias se cuentan en ritmos y con técnicas tan distintas a las de ahora, y que resultan ejemplares para apreciar los cambios que, en todo sentido, han ocurrido en el cine desde esa época-. Pero de vuelta al asunto, hoy “era sábado”, y la hora ya no daba para desayunar en el hotel; mas aquí en Medellín existen muchas panaderías que ofrecen, adicionalmente, el servicio de cafetería a cualquier hora, con pan u otros acompañamientos.

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Custodio de los Santos cristianos: un Dios egipcio!

Bien desayunados, al instante, tomamos un taxi conducido por un jovencito de unos veinte años, cuyo dialecto denunciaba a un paisa bien urbano. Al interrogarlo para que nos hablara sobre Medellín y el Pueblito Paisa, al que habíamos decidido conocer este día, con parsimonia de veterano se colocó unas mangas amarillas –para evitar el sol de esta hora, dijo para justificarse-, y empezó a desplegar una narrativa que aludía al clima, a las distancias, a las horas pico del tránsito, y hasta dónde se podía comprar esas manguitas que nos habían llamado la atención también en él, puesto que ya Jorge nos había sorprendido con estos aditamentos en Bogotá, con la diferencia de que esos eran recortes que nuestro amigo había obtenido de una prenda casera. Cuando recorríamos avenidas, calles, o pasábamos por ciertos lugares, nos daba detalles: “¡Una cosa es Medellín de día, y otra en la noche”!, nos advertía amablemente, refiriéndose a lugares y actividades que van más allá del imaginario colombiano, del peligro y del goce aparentemente mundano.

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Una ventana para admirar el Pueblito Paisa.

Mientras la conversación progresaba, la confianza aumentaba entre nosotros, conforme le hacíamos partícipe, también, de experiencias e historias de nuestros respectivos países. Así nos confió –entre otras cosas- que tenía un pariente canadiense, casado con una tía suya que, cuando estaba en Colombia, no le importaba pagar cualquier cantidad de dinero por productos o servicios, con tal de no hacerse lío con las personas y situaciones que le incomodaran, con la esperanza de estar fumando siempre la pipa de la paz con la gente de su entorno. “Eso era algo que no le cabía en su cabeza”, pues a él las cosas no le habían resultado nada fáciles…, ¡qué va! En esa plática nos encontrábamos envueltos, cuando, de pronto, desvió el taxi hacia una pequeña cuesta que anunciaba la entrada a nuestro destino. En efecto, para coronar el tan renombrado Pueblito Paisa, es obligado recorrer el último tramo del camino por una cuesta empinada. Al desembarcar del taxi, sorprendentemente, comprobamos que nos encontrábamos en un punto estratégico a las afueras de Medellín, desde donde se podía observar, dimensionar y fotografiar la gran ciudad asentada en un valle flaqueado por macizos andinos.

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Conjunción de colores, macetas, faroles y personas en un pueblecito especial de Colombia.

Frente a un lugar desconocido que uno desea explorar, la forma más efectiva para conocerlo es preguntar –a las personas que saben- de qué manera se puede sacar mejor provecho a la situación. En este caso, lo era una atenta encargada del puesto de información turística del lugar. Ella nos dice con tranquilidad lo que   confirmaríamos en pocos minutos: que el pueblito es tan pequeño que no precisa orientación, con la sola indicación de que existe una terraza en el edificio del denominado Museo de la Ciudad, desde donde se puede mirar y fotografiar Medellín, capital sobre la cual nos proporciona varias informaciones turísticas de mucha utilidad, además de obsequiarnos un mapa y una pequeña guía ilustrada para que disfrutemos mejor de la estadía en la gran ciudad.

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Graciosos detalles en rincones poco visitados.

A cambio del imaginario del Pueblito Paisa que nos habíamos forjado –con una población abigarrada, muchas casitas, atractivos culturales, almacenes de artesanías, etc.-, nuestra mejor recompensa fue encontrarnos frente a frente con una naturaleza de árboles, flores y pájaros, cuya contemplación y escucha nos mantuvo distendidos por un buen tiempo, en esa conexión –para nosotros impensada- que un lugar tan concurrido pudiese ofrecer, si las personas lo procuraban. Por supuesto que, el pueblecito mismo está lleno de color y de turistas; con unas casas coquetas de balcones floridos que se levantan alrededor de una placita, donde no falta una pileta en el centro y una capilla en uno de sus cantos. Para nuestra suerte, este día, un inquilino impensado reposaba distendido sobre el mantel del altar: ¡un espléndido gato negro de ojos verdes!, ahí…, para gozo de quienes amamos estos magníficos felinos; sin contar, también, con los pequeños vitrales diferenciados, y el maderamen de canelo de un recinto sagrado como este.

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Cuando el sol colorea el paisaje y se tropieza con símbolos cristianos en un canto del Pueblito Paisa.

Por supuesto, el Pueblito Paisa da para fotografiarlo o filmarlo desde aspectos diferenciados, como su cromática, estructura prosémica, arquitectura; novedades y posición privilegiada que, por cierto, son un deleite para los ojos y también para el espíritu –como lo ha sido en nuestra experiencia de pareja-.

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