Colombia, crónica de unas vacaciones – Capítulo 6

6 de junho de 2016 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

MIÉRCOLES 27 DE ENERO DE 2016

DE ZIPAQUIRÁ TERRENA A LA QUINTA DE BOLÍVAR

Y si el subsuelo de Zipaquirá nos ha sorprendido con su catedral tan publicitada, la pequeña ciudad nos ha cautivado con su belleza arquitectónica y su colorido que, en ese mediodía, se iluminaba bajo un sol esplendoroso. Considerados los tiempos y los propósitos de ese día, nuestras miradas y registros fotográficos se han focalizado en la plaza central y sus entornos, donde nos hemos detenido y extasiado con el paisaje del entorno, y con las joyas arquitectónicas esculpidas en madera y cubiertas de tejas; de grandes balcones y ventanas coquetas. ¡Tanto cuidado y detalles convierten a este lugar en un escenario de ensueño! Apenas a cincuenta kilómetros de Bogotá; según conocimos, es uno de los municipios más antiguos de Colombia y cargado de historia, al que puede arribarse también por un tren turístico los fines de semana desde la capital.

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Zipaquirá: Sus tejados y balcones abrazan verdores colgantes.

Y ya que el hambre comenzaba a apurar, le pedimos a Jorge que nos llevara a un sitio donde pudiésemos almorzar. Según él, restaurante de lo mejor en su estilo, donde la oferta de carnes a la brasa era amplia, con una estética campechana que invitaba a beber cerveza y degustar su oferta culinaria, en medio de objetos de anticuario. Una vez instalados, y mientras esperábamos nuestros platos, como suele ocurrir en estos casos, hablar de culinaria y costumbres gastronómicas es casi inevitable. Entre uno y otro comentario, yo he acabado por explicarle a Jorge cómo debe prepararse el “tigrillo zarumeño”, y las posibilidades que ofrece el plátano verde, producto que venden en los mercados colombianos; pero que por aquí, al parecer, suelen comerlo solo cuando madura, por lo que inferí de la sabrosa conversación con nuestro amigo. Una opípara comida, buena compañía, cerveza fría, música en vivo ofrecida por un trío andino –al que terminamos comprándole un disco de su producción- , nuestra visita a Zipaquirá estaba culminado.

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Zipaquirá: Paisaje urbano y natural.

De vuelta para Bogotá, al ritmo de la música adquirida, Jorge nos contaría otras historias como parte de su repertorio. Esta vez nos daría las versiones de uno de los personajes más controvertidos de la Colombia contemporánea: Pablo Escobar Gaviria. Al escucharle a este amigo colombiano relatar pormenores del que fuera, por algunos violentos años, el capo más procurado por la policía nacional e internacional, uno se queda con la sensación de que, entre el mito y la realidad, los hechos y acontecimientos, las historias e imaginarios perviven –efectivamente- algo más que historias; implican, de alguna manera, una forma de sentir; de vivir el cotidiano; de pensar la política, la educación, la economía, la familia; formas de actuar; prevenciones; posibilidades futuras. Todo ello conjugado con las grandes problemáticas de un país en guerra. Entrar en detalles no sería apropiado para este relato; sin embargo, lo que sí queda claro es que, en torno de estas realidades, más que una cultura de guerra, lo que se ofrece y refuerza en los medios de comunicación apunta al narcotráfico.

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Visión de la Quinta desde el comedor de la Casa de Bolívar.

Habíamos convenido con Jorge que, cuando regresáramos para Bogotá, nos dejase en las cercanías de la Quinta de Bolívar para poder, finalmente, visitar este lugar histórico, al cual no habíamos podido acceder el lunes. Eran las 16.40 de una tarde soleada y calurosa cuando nos disponíamos a comprar los boletos para entrar. Teníamos el tiempo necesario para que Jiani conociera y, en mi caso, reconociese la que fuera residencia temporal y esporádica del Libertador en sus años de gloria, según nos refiere –entre otras novedades- Jorge Consuegra (un tocayo del amigo), en su librito Bogotá Curiosa: “La Quinta fue testigo de grandes acontecimientos como la instauración de la Gran Colombia y la culminación de la Campaña del Sur; de fiestas como aquella en que se celebró el natalicio de Bolívar –celebrado por los contertulios el 24 de julio de 1828, en ausencia del Libertador- y en la cual se poblaron de tiendas de campaña las colinas circunvecinas a fin de alojar allí al Batallón Granaderos.” (p. 79).

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Así eran las cocinas en tiempos del Libertador. Nótese la destiladora y el porrón en la esquina.

Cuando el visitante recorre las instalaciones y la distribución espacial de la casa o, simplemente, se pasea por los jardines de la quinta, con seguridad se irá formando una idea de cómo las clases altas colombianas vivían en aquella época y, en este caso, cuáles fueron los objetos y espacios predilectos que Bolívar usó y frecuentó en compañía de Manuelita Sáenz, quien habría arribado hasta esta quinta en 1828, seis años después de haber conocido al Libertador en Quito “durante un suntuoso baile en que se festejó el triunfo de la Batalla de Pichincha…” (Consuegra, 1912: 79). Según el periodista que estamos citando aquí, la casa quinta poseería más de 1300 objetos; de entre los que destacamos los muebles de los diferentes ambientes, vajilla, vestimenta, instrumentos musicales, lámparas, armas, plumas para escribir, baúles, objetos de la cocina y alacenas, la cama con su catre, etc. Instigado por la memoria hacia mi infancia, y a la casa de aquella época, no dejó de llamarme la atención una destiladora de agua en la cocina de la quinta, muy similar a una destiladora de piedra pómez que usaba nuestra familia para garantizar agua más pura.

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Fachada de la Casa-quinta de Bolívar en Bogotá.

De las instalaciones de la parte exterior, mencionemos una pequeña caballeriza y el espacio para acomodar los aperos de las bestias; elementos que nos hablan de la trascendencia del transporte caballar de entonces. Recorrer los senderos del jardín, contemplar los pequeños terrenos aledaños que debieron ser huertos, sentarse en algún banco instalado junto a un semicírculo que se considera ahora como un altar patrio franqueado por banderas bolivarianas, es una provocadora sensación para pensar en “voz alta”, como en efecto lo hicimos con Jiani en ese especial momento: ¿será que Simón y Manuelita compartirían confidencias en este lugar preciso, viendo cómo las mariposas se posaban en las rosas mientras los horneros cantaban jubilosos cada media hora?; o, talvez, ¿era el sitio justo para ventilar sus avenencias o planificar juntos estrategias militares sin correr riesgos de ser escuchados? ¡Vaya uno a saber cuántos secretos descubriríamos en estos lugares, si tuviésemos la ocasión de develarlos!

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Símbolo religioso y estatal en Zipaquirá.

En la actualidad, la salida de la quinta se la realiza por el costado izquierdo de la casa (caminado de adentro hacia afuera del recinto), por unas instalaciones que, se nota, son nuevas, y en donde se exhiben de magnífica forma los cañones que se usaban en las batallas independentistas. Un gran cartel los anuncia con la siguiente leyenda: “Cuando los cañones tenían nombre”. Y, en efecto, junto a cada uno de estos, se inscriben sus nombres y se explica la procedencia, fabricación, características y otros detalles de estas mortíferas armas que ahora son objetos de museo, y que el visitante gusta de fotografiar.

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Cuando el sol de la tarde baña unos cañones que tienen nombre.

Con los rayos de un sol agonizante, abandonamos la casa-quinta bolivariana para, después de una buena caminata –entre bajadas y subidas-, llegar a la Plaza del Chorro Quevedo con unas ganas irresistibles de un buen café, que terminamos saboreándolo en un lindo bar del entorno, al son de una música antillana de “todos los tiempos”. Después de un día tan productivo y emocionante, a Jiani le esperaban más correcciones de una tesis y la tarea, compartida conmigo, de preparar las maletas que llevaríamos a Medellín el día siguiente.

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