Colombia, crónica de unas vacaciones – capítulo 5

30 de maio de 2016 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

MIÉRCOLES 27 DE ENERO DE 2016

ZIPAQUIRÁ SALINA Y SUBTERRÁNEA

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Figura esculpida en la roca de sal.

Miércoles luminoso en la capital colombiana. En la estrecha calle, frente al hostal, un taxista sonriente nos esperaba a las nueve de la mañana. Destino: Zipaquirá; famoso por sus minas de sal y, ahora, por una catedral subterránea de ese material, como testimonio del fervor católico de la inmensa mayoría de colombianos. Pues bien, allí estaba Jorge para conducirnos por una vía perimetral hasta el lugar programado. Desde que me coloqué el cinturón de seguridad y Jiani se acomodó en el asiento de atrás, sus dotes de guía turístico comenzaron a aflorar, signado por las ganas de hacernos conocer su país, a través de la historia, la geografía urbana, la política y la cultura en general. Mientras nos desplazábamos y admirábamos cómo Bogotá había crecido en estas últimas décadas, Jorge nos mostraba y explicaba con solvencia qué sectores o barrios estábamos recorriendo y el porqué de sus características. Por aquí el barrio de los exguerrilleros que depusieron las armas; por allá el sector perteneciente a los paramilitares, donde “ni siquiera los policías y militares pueden entrar”. Más a la vista, claro, el extenso y lujoso sector de las clases pudientes, con propiedades y edificios cuyo revestimiento exterior se caracteriza por relucir un ladrillo visto. Preguntamos a Jorge el porqué de esa preferencia dominante en estas construcciones; a lo cual nos responde que este material de construcción es muy barato, por una parte y, por otra, que en Colombia existe gran variedad de arcillas y una técnica ancestral de culturas prehispánicas que ha pervivido a través de muchas generaciones, lo que permite obtener diferentes matices en la cromática que nosotros estamos teniendo la oportunidad de apreciar ahora. En efecto, su estética resulta bastante diferenciada para nosotros, sobre todo desde una perspectiva urbanística; además, comentábamos y concordábamos con Jorge en el hecho de que el mantenimiento y la limpieza serían  factores influyentes en su escogimiento.

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Jorge, junto a Jiani, historiando sobre la mina de sal.

Conforme vamos dejando atrás la gran ciudad, Jorge comienza a contarnos su versión de la Colombia que él ha vivido y percibe ahora, con información muy interesante y vivencial, incluidos los grandes períodos de la independencia de España, la formación de la Gran Colombia, la fundación del Estado y, sobre todo, se muestra afectado cuando se refiere a los conflictos entre conservadores y liberales, que tantas muertes absurdas produjeron, incluso entre personas de las mismas familias. Hace alusión a la muerte de Eliecer Gaitán en 1948 y el posterior descontento y los conflictos suscitados por este acontecimiento que, más tarde, dará lugar al aparecimiento de grupos y facciones que se van a convertir en el germen de los grupos guerrilleros. Nos habla de los diferentes intentos de pacificación de esta guerra que dura más de medio siglo, y que no se sabe cómo va a acabar. Él se muestra muy desconfiado en torno de las últimas y largas negociaciones (la quinta –según sus cuentas-) que se continúan realizando  en La Habana (“los negociadores colombianos tenían que irse a Cuba, allá tienen mejor ron…” –dice, entre sarcástico y molesto-.). Se lo siente muy incómodo e irritado porque estima que las exigencias de las Farc son excesivas e injustas, frente a los desafueros, secuestros y crímenes –de guerra  no- cometidos por estos grupos, según sus apreciaciones. Yo comento que si estas negociaciones, a punto de concretarse, no serán la mejor opción para conseguir la paz antes que seguir manteniendo la herida abierta a una guerra sin fin, donde los que más se benefician son los traficantes de armas y de drogas…; él piensa que la mayoría de los colombianos quiere la paz; sin embargo, es enfático al reclamar firmeza de parte del Gobierno “para que los culpables paguen”. (Durante nuestra estancia en Colombia, yo pregunté a algunas personas en torno del tema, y lo que pude percibir en la mayoría de hombres y mujeres abordados es desconfianza, dudas y poca fe sobre el proceso. Un taxista opinaba que todos quieren la paz y que ojalá esta finalmente se diera; mas, piensa que eso es muy complicado porque las estructuras del comercio de drogas, particularmente, están establecidas y van a seguir… “los intereses son enormes como para renunciar”).

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Símbolos de la cristiandad en el interior de la mina.

Entre indicaciones, historias, dichos populares, risas y comentarios, sin que nos diéramos cuenta, el paisaje ha ido cambiando, y Jorge –como buen guía- comienza a darnos algunos detalles y explicaciones sobre Zipaquirá: qué es lo que vamos a encontrar y cómo podemos aprovechar mejor el tiempo y las energías. Pasado el control vehicular del lugar, subimos hasta la parte más alta permitida. Desde ahí se puede observar la pequeña ciudad y la antigua mina de sal, hoy clausurada. Un terreno agreste la rodea, mientras al otro lado, al pie de la ladera, se levantan las instalaciones donde se procesa la sal procedente de las nuevas minas. Tomamos unas cuantas fotos y bajamos para ir a nuestro objetivo principal, que es entrar a la catedral. El mismo Jorge funge de guía para comprar los boletos y encaminarnos a la entrada de la catedral de sal más famosa del mundo. Después de una corta espera, unas quince personas éramos conducidas por una guía hacia el interior de la estructura subterránea. Con un casco amarillo y un micrófono incorporado, ella comienza a hablar con mucha propiedad en torno de la historia y el sentido de las cosas que vamos observando, no sin antes recomendar y advertir sobre las precauciones que debemos tomar para no sufrir ningún percance o perdernos en el interior del escenario apenas iluminado.

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Espejismo de luz suspendido al fondo de la Catedral.

Así, conducidos por el gran socavón central, avanzamos tomando conciencia de la concepción arquitectónica y simbólica de la obra enclavada en las entrañas de la roca salina hasta llegar al espacio más amplio y profundo donde está propiamente la catedral. En efecto, el trayecto presupone y se inspira en el Viacrucis cristiano con las consabidas estaciones de la Pasión de Cristo, representadas por sendos espacios y diferenciadas cruces, donde los visitantes vamos deteniéndonos –en nuestro caso, para mirar los detalles y volúmenes iluminados estéticamente- (si se va a fotografiar, es mejor hacerlo al regreso, nos lo había advertido bien la guía). Completado este particular viacrucis (ya había participados de otros virtuales y reales viacrucis … ¡¿ ?!  ¡cómo no!), nos encontramos con una especie de balcón desde donde pueden observarse esculturas y una gran cruz iluminada que corona el altar mayor, allá, bien al fondo de la estructura de sal. Descendemos por una escalinata (también hay una rampa para quienes la prefieran o necesiten) hasta alcanzar los 180 metros bajo la superficie. Aquí el visitante puede apreciar con tranquilidad los detalles arquitectónicos y componentes de la catedral, además de las particularidades de sus naves; espacios a las cuales, en algunos casos, se accede por estrechos pasadizos entre las rocas de sal, o junto a las estatuas e imágenes esculpidas en mármol o en la misma sal. Tanta muestra de religiosidad y empeño empresarial conjugados en una obra faraónica han convertido a la Catedral de Sal de Zipaquirá en patrimonio histórico, cultural y religioso del país. Sí, señor.

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“Luz al final del túnel”…(salida de la mina de sal).

Hay que indicar que en el interior, además de los motivos y monumentos religiosos, con el fin de atender la gran afluencia de turistas que llegan de todas partes del mundo y del propio país, se han previsto cafés, tiendas de artesanías –confeccionadas en sal, la mayoría-, salas para proyecciones y presentaciones de “festivales de luces”, un pozo de agua transparente en el fondo de un cuenco, de singular atractivo por su apariencia óptica. Para regresar a la superficie, cada quien puede realizar el itinerario, camino y detenciones que desee. Es el momento más apropiado para fotografiar cuánto se quiera (sin utilizar flash). El pequeño tour dura, aproximadamente, entre hora y media a dos horas.

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Una de las Estaciones del Viacrucis salino. 

Vivida la experiencia visual arquitectónica tan singular, me quedé pensando por un momento en los sentidos religiosos atribuidos a este monumento y, al mismo tiempo, se me vinieron a la memoria las imágenes y la historia de otra catedral  –esta, tristemente famosa,- que visité con mi familia extendida hace algunos años; aquella que mandó a construir el dictador español Francisco Franco en el Valle de los Caídos  -más larga que la del Vaticano-,donde yace él cerca del altar mayor, Primo de Rivera y unos cuarenta mil  víctimas de la Guerra Civil  Española (1936-1939) de ambos bandos; polémico monumento de la arquitectura católica socavado en la roca viva por centenas de prisioneros durante  varios años, a lo largo de la dictadura franquista. ¡Los seres humanos se ufanan en proyectos y proyectos! Al salir de la catedral, con Jiani pensábamos que tal esfuerzo arquitectónico debería dar cuenta también de la naturaleza de aquella acumulación de sal, como reminiscencia y testimonio de que todas estas montañas, en un tiempo remoto –con certeza- le pertenecieron al mar. Y si no fuese así, no habría tenido el efecto que tuvo sobre mi catarro y la tos, que empezaron a abandonarme… (¡cloruro de sodio al natural!). Especulaciones aparte, dejamos el lugar en compañía de nuestro amigo Jorge que nos esperaba para seguir el recorrido por la turística ciudad colombiana.

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