Colombia, crónica de unas vacaciones – capítulo 4

23 de maio de 2016 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

BOGOTÁ, MARTES 26 DE ENERO DE 2016

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Cuando el sol baña las paredes y las puertas posteriores del Museo Nacional.

Este día, antes de emprender cualquier acción que no fuera la de desayunar, había que garantizar la compra de pasajes aéreos para Medellín, nuestro segundo destino vacacional colombiano, puesto que por vía terrestre hubiésemos tenido que invertir por lo menos diez horas –según nos habían informado-; asunto que solo lo pudimos resolver al finalizar la tarde en las oficinas de Avianca, ya que por internet lo único que conseguimos fue impacientarnos y perder tiempo valioso de la mañana. Era el día para visitar uno de los centros culturales más importantes de la capital: el Museo Nacional de Colombia (Carrera 7 N° 28-66).

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Arcos abigarrados que sustentan y acogen los tesoros del Museo Nacional.

Al mirar la puerta principal de entrada, recordé vagamente que, en mi primera visita a Bogotá (1974), ya estuve por aquí, aunque mi memoria no alcanzase a retener lo que percibiría, junto a mi compañera, al traspasar el umbral e ir hacia el fondo, donde nos sorprendería un jardín franqueado por hermosas paredes iluminadas por el sol de esa hora. Entonces, recién pude darme cuenta de la especial belleza del lugar, tan diferente al entorno urbano de esa zona financiera. Razón demás para dar crédito a lo que reseñan los folletos y guías de turismo: “construcción militar amurallada, entre 1874 y 1905; penitenciaría, hasta 1946; y sede del Museo Nacional, desde 1948”.  (Guía Turística de Bogotá y sus alrededores, p. 53). Estábamos ahí con Jiani admirando los detalles externos de la construcción, como el tipo y el color de las piedras utilizadas, las estructuras de hierro, el jardín y, ¡cómo no!, ocupándonos de fotografiar ese magnífico edificio, diseñado por el arquitecto constructor Thomas Reed en la década de 1850. En la actualidad, se han adecuado diecisiete salas permanentes de exhibición repartidas en tres pisos, más otros servicios complementarios, como restaurante, zonas verdes, baños.

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Documentando cómo operaban las primeras prensas en Colombia.

Según refiere el documento citado, este escenario cultural colombiano albergaría 20.000 piezas museísticas, “entre vestigios arqueológicos, representaciones artísticas y objetos pertenecientes a comunidades ancestrales”. (Guía…, p. 53). Si bien la cantidad de objetos puede ser significativa, la cita está lejos de acercarnos a este magnífico referente de la cultura colombiana que, en su concepción, implica , al menos, cuatro grandes secciones museísticas: arqueología, historia, etnografía, arte; además de las realidades contemporáneas y muestras temporales exhibidas, como aquella que se encontraba en una de las salas de la planta baja, correspondiente al gran artista colombiano, Omar Rayo, quien  nos sorprendía gratamente con sus representaciones geométricas de apariencia tridimensional –ilusión óptica de gran impacto que da la impresión de profundidad-, que Rayo ha denominado Geometría Vibrante; además de la riqueza cromática y simbolismos contenidos en sus pinturas y grabados.

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Espuelas de plata que calzó Bolívar por los caminos de América.

Al ingresar al primer nivel para visitar la sección arqueológica, sorprende visualmente la estética arquitectónica insuflada en un sistema de arcos y columnas múltiples que albergan, funcionalmente, las vitrinas de exhibición de objetos de las diferentes culturas prehispánicas que poblaron la Colombia actual. Hermosos carteles se han fijado en las paredes blancas, junto a las vitrinas de la muestra exhibida, a fin de informar pedagógicamente mediante palabras, diseños y colores. Mientras íbamos conociendo ciertas características y algunos pormenores de los principales grupos humanos que poblaron el continente americano, a través de los objetos usados en la cotidianidad, en sus rituales, festivamente,  o como elementos estéticos o de otra índole, crecía también nuestra admiración por la sabiduría, destreza, sociabilidad y comprensión del entorno que nuestros ancestros tenían; pero, a la vez, quedamos muy preocupados con Jiani al reflexionar sobre ¡cuánto nos ignoramos entre países hermanos!, aun en épocas en las que se supone que estamos globalizados. Eso, sin considerar la tristeza que produce el hecho de que las sabidurías ancestrales –de inmenso potencial, sobre todo, en lo relacionado con los recursos naturales- siguen siendo ignoradas o menospreciadas.

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La corona de oro y piedras preciosas que se le atribuye a El Libertador.

En el segundo piso del museo, nos encontramos con la historia de Colombia en sus épocas más modernas y contemporáneas. Sorprende, sobre todo, el predominio del retrato como testimonio visual de personajes que forjaron la historia, de manera particular a partir de la independencia de España y de la formación de la Gran Colombia y, posteriormente, en la vida republicana del Estado hermano. Por supuesto, son muchos y variados los objetos exhibidos: armas de la época, vestimentas, vajilla, muebles, joyas, fotos, pinturas, etc. En una de estas salas, entre otras cosas, nos sorprendimos –por su suntuosidad y estética, también- con una corona de oro, espuelas de plata y cubiertos de este metal, cuya pertenencia le atribuyen a Simón Bolívar.

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Fusiles independentistas.

Al dirigirnos al tercer piso, nos han salido al paso las expresiones estéticas y comunicacionales que ocupan un lugar sobresaliente en el siglo XX, como el cine, la radio, la televisión, el disco – de manera particular-; pero también están la pintura, la literatura, la prensa. En este sentido, pudimos percibir que la pintura tiene un sitial predominante, donde no faltan, por cierto, muestras representativas de la Escuela Quiteña, al igual que sucede con la escultura de esta reconocida cantera estética americana, boteros, entre otros. En la sección de la radio, por ejemplo, además de un antiguo modelo (un aparato de radio de la tercera generación), se exhiben varias fotografías y literatura alusiva a la labor educativa que ha ejecutado Radio Sutatenza desde la década de los cincuenta del siglo anterior, sobre todo en la tarea de alfabetización y en la posibilidad de potenciar la comunicación comunitaria. La televisión y el cine, en pequeñas islas didácticas, exhiben sendas y representativas producciones nacionales. Estéticamente ilustrativa resulta, también, admirar la forma cómo se inició en Colombia el arte de la impresión en la prensa. En efecto, se exhibe un modelo grande de madera (perteneciente a su dueño inicial) y, al fondo, se proyectan imágenes digitales que simulan con precisión la forma cómo se realizaba ese importantísimo trabajo manual en la prensa. Se alude a la música también, y entre los elementos representativos de este arte existe toda una pared revestida por las portadas de discos Fuentes –la marca predominante en Colombia-  y Tropical, que enuncian viejas y recordadas canciones que cantaron y bailaron generaciones como la mía, interpretadas por cantantes y orquestas famosos.

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De cómo la radio ha sido fundamental en la educomunicación colombiana.

Dejamos atrás la bella estructura arquitectónica y sus tesoros culturales con esa sensación que suele impregnar el pasado ancestral; y, al mismo tiempo, renovados por estéticas desestabilizadoras y experiencias singulares. Era hora de encontrar un lugar para almorzar. Buscando lo diferenciado, nos venció el cansancio y entramos a un restaurante de un centro comercial que ofrecía algo, más bien, cercano a la modalidad brasileña con un toque oriental, excepto por la corvina –como la ecuatoriana-, que me supo a gloria. Ya que nos encontrábamos en un centro comercial, era bueno que conociéramos los precios de la ropa y otros artículos que, seleccionados algunos, tuvimos que dejarlos para evitar colas interminables al momento de pagar. Caminando y caminando por el sector financiero, dimos, finalmente, con las oficinas de Avianca, donde teníamos que comprar nuestros pasajes para Medellín. Garantizada ya la reserva en los horarios convenidos, al enterarnos que no aceptaban dólares como pago a la vista, nos vimos urgidos a recorrer un trecho corto para ir hasta el clásico – y en otro tiempo famoso- Hotel Tequendama, y así procurar el cambio de centenas de miles de pesos por unos cientos de dólares, con los cuales cancelaríamos el costo de los boletos. Con la luz de la tarde que comenzaba a caer, tiré unas cuantas fotos de la ciudad moderna, mientras Jiani curioseaba en las vitrinas de ese entorno… Sin   más, tomamos un taxi que nos condujera al hostal, en medio de una congestión vehicular que no habíamos experimentado antes. Y, como si la impaciencia no fuera poca, la tos y el catarro –que persistía desde hace días- no me daba tregua, tanto que estaba temiendo que, al otro día, no tendría las energías necesarias para entrar en una mina de sal.

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Portadas de discos de una época y tecnologías diferentes. 
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