Colombia, crónica de unas vacaciones – capítulo 3

16 de Maio de 2016 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

BOGOTÁ, LUNES 25 DE ENERO DE 2016

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Turistas haciendo cola en la estación para subir a Monserrat

El autor junto a la escultura de Ricardo Parma

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Luego de una noche tranquila, el lunes bogotano se anunciaba con un clima moderado. Desayuno en el hostal, seguido por el saludo con Máximo, el dueño del hostal en el que moramos temporalmente. Un taxista de pocas pulgas, y de menos palabras aún, nos espera en la puerta para conducirnos por un atajo de circunvalación hasta la estación que nos permita subir a Monserrate, a 3200 metros de altura. Son como las diez de la mañana. El sol comienza a pegar en nuestros rostros. Para acceder a comprar los boletos del teleférico (6.000 pesos), tenemos que hacer una cola considerable, luego esperar el turno hasta que los vagones lleguen al lugar de embarque, donde la demanda es grande. El ascenso es rápido y confortable hasta alcanzar la altura anunciada. Al desembarcar en esas alturas, los pies pesan bastante pero los ojos se aguzan para admirar, allá abajo en la explanada inmensa, el paisaje urbano de Santa Fe de Bogotá, franqueada por los Andes, aunque bastante opacada por la polución. Todo el mundo se apresura a tirar fotos o a grabar videos desde diferentes ángulos y direcciones para impregnar en imágenes esos momentos y paisajes. Ascendiendo por una escalinata corta, nos encontramos de frente con la iglesia católica de Nuestra Señora de Monserrate, de dimensiones más bien medianas, pero con un revestimiento de madera, que da a sus columnas un toque diferenciado. En los alrededores de este lugar de peregrinación, nos topamos con edificaciones complementarias que conforman un singular entorno arquitectónico bien mantenido, además de otras instalaciones para servicios de restaurantes y venta de literatura y objetos religiosos. Al seguir ascendiendo un poco más, vamos directamente a las pequeñas tiendas de artesanías que se reparten a los dos costados de la estradita central. Allí se encuentra de todo, incluidos objetos y tejidos de inspiración otavaleña. Fue precisamente ahí que comencé a interesarme por un sombrero paisa de paja, que compraría más tarde en Medellín. Era menester, al menos, adquirir y masticar hojas de coca para combatir el cansancio y los efectos de la altura, y probar un trago del famoso aguardientico colombiano para comprobar su factura; además del choclo que Jiani no resistió de saborear, aunque estuviese medio asado…

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Lo cierto es que, subir a Monserrat y contemplar desde ahí el paisaje andino en su caprichosa orografía iluminada por el sol que lucha por abrirse paso entre las sombras que han arrojado las industrias y los carros, da la medida del carácter del pueblo que habita bien al fondo en la explanada, armado de vitalidad política, sensibilidad humana, religiosidad, humor, de conciencia ciudadana.

Robre el paisaje andino, rumbo a Monserrat

Antes de embarcarnos de regreso, más fotos; y mientras esperábamos pacientemente el turno en el teleférico, veíamos cómo un grupo numeroso de japoneses, la mayoría jóvenes, se divertían con un juego de manos que ninguno de nosotros entendía y ellos daban toda su atención. De vuelta para la estación, decidimos visitar la Quinta de Bolívar, que dista a unos trescientos metros cuesta abajo. Sin embargo, nos encontramos con las puertas cerradas (¡Mala suerte, los lunes no abren!). Nos informamos sobre los horarios de atención y proseguimos la caminata. Era como medio día; nos sorprendió ver a esa hora tantas personas en los alrededores de la Quinta, haciendo suyos esos espacios para descansar, comer y enamorar sobre el césped y bajo los árboles, de manera muy natural y tranquila; actitud ciudadana que la pudimos constatar en muchos otros lugares y espacios públicos de Bogotá y Medellín.

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Entorno arquitectónico del Santuario de Monserrat

Como se sabe, la mejor forma de conocer un lugar es caminando. Por ello proseguimos nuestro recorrido hasta llegar a las afueras de la Universidad de los Andes, espacio que estaba repleto de estudiantes; con uno de ellos nos informamos sobre otros lugares y distancias que nos era preciso conocer, y vimos que para ganar tiempo, lo mejor era tomar un taxi para dirigirnos a la Plaza de Bolívar, no sin antes entrar en una librería muy cercana, en donde no encontramos algo que nos interesara, por lo que seguimos caminando para dar con un lugar en el cual se levantaba una escultura  de notables dimensiones y expresividad, que representa al reconocido literato peruano Ricardo Palma (1833 – 1919, conocido más por sus Tradiciones Peruanas). Tomamos fotografías, al igual que al precioso entorno, en donde se puede apreciar una plazoleta con una capilla al fondo y una casita de tejas. Después nos enteraríamos por nuestro amigo Jorge que a este sector le conocen como la Pola, en honor a una heroína criolla que fue sacrificada por los españoles. A pocos pasos de ahí, abordamos un taxi  conducido por un bogotano pequeñito, quien nos dejó frente a un restaurante que –según él- ofrecía la mejor comida criolla; afirmación que fue desmentida por la apariencia de los potajes servidos a los comensales y la carta que confrontamos al subir al tercer piso del local. Buscábamos, claro, la calle 11 para probar en otro restaurante comidas colombianas. Ahora fue la Puerta Falsa, donde tuvimos la ocasión de degustar –hambrientos- una trucha marinera y una cazuela de mariscos, acompañadas de un jugo de lula (naranjilla) y una Club Roja. Satisfechos, abandonamos el balconcito del segundo piso –con vista a la calle-, dando explicaciones amistosas a una jovencita mesera que estaba curiosa por saber de dónde éramos y más detalles.

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Una mirada de Bogotá desde las alturas de Monserrat

El día daba para más; sin embargo, la altura bogotana y un catarro que venía cargando por algunos días ya, estaban disminuyendo el potencial físico que se requiere cuando uno se dedica a explorar espacios urbanos de esta manera. Por ello optamos por recorrer algunas cuadras en busca de un “ratón” para el computador de Jiani, y terminamos en un supermercado que nos proveyera de vituallas que precautelaran la hidratación y las calorías suplementarias. Cuesta arriba hacia el hostal, la tentación se interponía de nuevo: una librería bien grande…, adonde teníamos que entrar, aunque sea para dar un vistazo. Revisado el material sobre comunicación producido en Colombia, y sobre otras disciplinas sociales, optamos por dejar para otro momento las compras que nos interesaban. Aunque para leer algo sobre Colombia, por recomendación de un señor entrado en años –al parecer su dueño-, compramos un libro de bolsillo titulado Bogotá Curiosa, de Jorge Consuegra, que venía como anillo al dedo para enterarnos de las tales curiosidades bogotanas. No podíamos terminar nuestro recorrido del día sin tomar un delicioso café colombiano en uno de los tantos bares cercanos al Chorro de Quevedo y, así, predisponer nuestros ánimos e ir a trabajar en los resúmenes que estábamos revisando para la publicación en la revista Chasqui, además de realizar anotaciones para esta crónica. (Las vacaciones de los “profes” no son, por lo general, solo paseos y descanso…).

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Postal bogotana, con un contraste natural espectacular

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