Colombia, crónica de unas vaciones – capítulo 2

9 de Maio de 2016 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

BOGOTÁ, DOMINGO 24 DE ENERO DE 2016

Domingo, día propicio para recorrer el centro histórico de Bogotá con bastante libertad, aprovechando que la mayoría de sus vías se liberan del tránsito pesado, para dejar que los transeúntes y ciclistas tengan una movilidad urbana más propicia. Es el día que hay que aprovechar, también, para visitar museos porque, entre las políticas culturales de Bogotá, se ha establecido que la entrada a estos espacios sea gratuita el domingo y los días feriados. Así, después de haber trocado dólares por pesos en una de las cambiarias de la calle Jiménez, nos encaminamos al Museo del Oro de Bogotá (carrera 6 N° 15-88); maravilloso lugar no solo para aprender sobre las principales culturas precolombinas del país, sino para asombrarse con la calidad y cantidad de objetos y representaciones, distribuidos en los cuatro niveles de una edificación museística de características contemporáneas sobresalientes por la funcionalidad para el visitante, las posibilidades didácticas, la disposición estética de objetos y nomenclaturas.
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Multiplicidad simbólica (Museo del Oro)

La historia de uno de los más importantes museos en el mundo, en su género, se remontaría a 1939; sin embargo, la concepción contemporánea devendría desde 1968 cuando se ha construido el actual edificio que, según se enuncia en las guías de información, albergaría 34.000 piezas de orfebrería y 20.000 objetos, entre textiles, piedras preciosas, cerámicas, pertenecientes a culturas diversas: muisca, nariño, tumaco, tolima, zenú, tairona, calima, quinbaya, San Agustín, Urabá. La concepción museística logra, en verdad, una excelente contextualización junto a contenidos de fácil acceso y comprensión. De esta manera, cada uno de los niveles nos invita a sumergirnos en diferentes aspectos que atañen a los procesos de minería (oro, plata, platino, cobre) que dieron sentido a los objetos prehispánicos, en el uso de los metales en aquellas sociedades; en la exploración de lo mítico, de lo simbólico, del chamanismo; sin olvidar el aspecto estético de estos magníficos objetos; y, por último, del mundo de lo ceremonial y de las ofrendas, de las cuales el visitante puede solazarse. Orfebrería, objetos y realidades prehispánicas que, en todo momento, nos asombran por su perfección, técnicas utilizadas, simbologías, belleza, que hace que nos sintamos orgullosos de nuestros ancestros americanos, por su sabiduría, imaginación, concepciones simbólicas, y estéticas depuradas afines a la naturaleza humana y ecológica. Por eso estimamos que tan magnífica memoria era menester conservarla a través de un libro-guía que compramos en una de las instalaciones que se encuentran en la planta baja, en donde, además, los turistas nacionales o extranjeros pueden visitar otros locales como la cafetería, los pequeños almacenes para comprar recuerdos, joyas de réplicas prehispánicas, etc.

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Pequeña escultura de Botero (Museo Botero en Bogotá)

Emocionados aún por lo que nuestras retinas habían contemplado y los sentidos habían asimilado, salimos hacia la calle para toparnos con las y los vendedores informales que, sobre la vereda, exponían bellas y multicolores artesanías de lo más diversas, sobre todo collares de mullos y tejidos regionales, algunos de estos con las características internacionales de nuestros compatriotas otavaleños, aunque su cromática era diferenciada. Por 15.000 pesos terminamos comprando una guía turística de Bogotá, junto con un mapa para poder orientarnos y aprovechar mejor el tiempo en la capital.

IMG_7112Para saborear la gastronomía colombiana, nos habían recomendado que fuéramos a una calle aledaña a la Catedral, lugar al cual llegamos en poco tiempo caminando por una avenida repleta de personas que iban y venían por la calzada liberada de tránsito. En efecto, llegados a la calle 11, encontramos varios restaurantes que ofrecían las delicias culinarias que deseábamos saborear. Optamos por la Puerta de la Catedral (cl. 11 N° 6-26) y subimos al segundo piso, cuyos balcones dan a la calle. Allí, en medio de una nutrida clientela, pedimos la famosa Bandeja paisa, y el no menos renombrado Ajiaco. Después de una larga espera, comenzábamos a degustar estos nutritivos potajes que, en realidad, merecían el crédito del cual gozan. Este restaurante funciona en una casa colonial, que tiene una historia muy significativa, según se puede leer en las sobremesas de papel que sus dueños colocan en las mesas. Incluso, ese domingo, dos jóvenes –mujer y varón-, vistiendo trajes de la época, allí junto a las mesas abarrotadas, ofrecían versiones históricas de realidades políticas de una Colombia de otros tiempos.

 

Ornamentos masculinos prehispánicos (Museo del Oro)

Una vez que habíamos saciado nuestros estómagos con suculentos potajes, seguimos explorando la ciudad en el centro histórico. Oh fortuna, al subir un poco por la calle 10, desembocamos en un espacio abierto que daba acceso a la librería del Fondo de Cultura Económica. No había, pues, forma de desentenderse, provocados por las dimensiones y la cantidad de libros distribuidos en sus dos plantas. Por el momento, solo pudimos dar un vistazo y comprar –al paso- algún material bibliográfico sugerente. La idea que nos guiaba ese domingo era que debíamos aprovechar la ocasión para visitar centros institucionales; por eso procuramos el Museo Botero que se ubica muy cerca de donde acabábamos de salir, no sin antes tomar un buen café en el Valdez (mucho más barato que en Ecuador).

IMG_7172Representación botereana de la Monalisa

Después de una revisión de los bolsos por parte de los guardias (común en la mayoría de lugares públicos), entramos por la puerta principal del Museo, para ser acogidos por una escultura que representa una mano gigante, en donde los visitantes se disputan el turno para fotografiarse. Estábamos adentrándonos a una edificación colonial de dos pisos, con un patio empedrado y una pequeña fuente en el centro, sostenida sobre una típica arquería semicircular, blanco hueso; lugar que acoge una colección de 208 obras de arte, donadas en año 2000 al Banco de la República por este famoso colombiano de ochenta años, Fernando Botero, conocido en el mundo entero por el particular estilo plástico y el volumen de sus esculturas. De la apreciable muestra, 123 son del propio Botero y 85 de grandes artistas universales: Picasso, Marc Chagall, Salvador Dali, Edgar Degas, Claude Monet, Henri Matisse, Juan Miró, entre otros. ¡Estar tan cerca de estos óleos, pasteles, dibujos, esculturas gigantes o pequeños –de belleza sin igual- es tan reconfortante! Además, el escenario que las alberga tiene algo muy familiar que nos recuerda –por el estilo colonial- el centro histórico de Quito. De sus pinturas, me gustaría destacar dos hermosos desnudos de su modelo preferida y una versión botereana de la Monalisa. Después de apreciar las diversas expresiones artísticas del museo, no menos interesante resultaron los diferentes ángulos de la casa para fotografiar, incluidas tomas de Monserrate que se pueden lograr desde el segundo piso.

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Botero pintando a su modelo predilecta

Faltaba poco tiempo para que la noche cayera sobre la Plaza de Bolívar, adonde habíamos regresado para atestiguar su movimiento y tomar fotos. En su amplia explanada, superpoblada de palomas alimentadas por los turistas, personas de todas las condiciones transitan, venden artículos y comidas, pasean, se detienen. Junto al monumento de Bolívar, un grupo de personas se arremolinaban para escuchar a algún líder que hablaba para ellos, mientras unos músicos jóvenes, con atuendos punk, se detenían por un momento. Era la expresión de la Bogotá actual, tan diferente a la ciudad sitiada militarmente al finalizar los años noventa, o la de las avenidas tranquilas de los años setenta, cuando había visitado esta capital latinoamericana. Ciudades distintas, momentos diferentes, y un domingo singular y provechoso…

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Expresiones políticas en la Plaza de Bolívar de Bogotá

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