GABO – CARTAS Y RECUERDOS

29 de maio de 2014 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

Este es el sugestivo título con el cual Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, Colombia, 1932) ha bautizado a uno de sus últimos libros publicados por Ediciones B, en 2013, quince meses antes de que nos dejara el Gabo. El contenido responde bastante a lo enunciado, aunque en mi percepción, los sentidos que surcan la lectura tienen el olor de una amistad entre estos dos hermanos periodistas, escritores, compadres, profesada a toda prueba: en su patria desangrada por una guerra que aún no acaba, en la Venezuela del dictador Pérez Jiménez, en los duros e iniciares  tiempos en la capital francesa, en el desencanto sobre comunismo del Este europeo, en la naciente revolución cubana, en los placenteros encantos vivenciales y escriturales de Mallorca, en la gloria y el reconocimiento universal del Nobel de Literatura de 1982. Las ocho fotos en blanco y negro y las cuatro a colores (desde 1959 a 2000), alguna cosa atestiguan; a lo que hay que adicionar las once cartas -entre largas y cortas- que, impregnadas de un perfume caribeño y un franco encanto, nos deslizan por los meandros literarios del quehacer de la escritura, de la muda de tramas, de las estrategias estilísticas; por las dudas, los aciertos, las satisfacciones, el cotidiano.

Capa do livro Gabo - Cartas y Recuerdos

Capa do livro Gabo – Cartas y Recuerdos

Por las 251 páginas, repartidas en siete apartados y en un prólogo de dos páginas y media – junto a Plinio Apuleyo – vaga Gabriel García Márquez (GGM) como “un caso perdido” mientras estudia Derecho en Bogotá; está presente el periodista de fuste que brega en las revistas y la Prensa Latina; se descorazona el escritor que busca editores para sus obras; sufre el creador frente a la página en blanco intentando procrear el primer párrafo de una novela, de un cuento; se solaza el maestro consagrado del Realismo Mágico cuando sus más allegados han leído los originales y han dado su beneplácito; pero, por sobre todo, aparece nítidamente el amigo que no desamparara, que comparte su casa, la compañía familiar; está, para nuestra fortuna, el confidente literario que en misivas afectuosas se despoja de resquemores, para abigarrar comentarios esclarecedores:

Mi antiguo y frustrado deseo de escribir un larguísimo poema de la vida cotidiana, “la novela donde ocurriera todo”, de que tanto te hablé, está a punto de cumplirse. Ojalá no me haya equivocado” – le escribe a su compadre Plinio el 22 de julio de 1967. Y más adelante le aclara: “En realidad, Cien años de soledad fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande. Desde entonces no dejé de pensar en ella, de tratar de verla mentalmente, de buscar la forma más eficaz para contarla, y puedo decirte que el primer párrafo no tiene ni una coma más ni una coma menos que el primer párrafo escrito hace veinte años” (…) “Lo más difícil es el primer párrafo. Pero antes de intentarlo, hay que conocer la historia tan bien como si fuera una novela que ya uno hubiera leído, y que es capaz de sintetizar en una cuartilla” (ps. 174-175). “Para el resto del trabajo no tengo que decirte nada, porque ya Hemingway lo dijo en los consejos más útiles que he recibido en mi vida: corta siempre hoy cuando sepas cómo vas a seguir mañana, no solo porque esto te permite seguir mañana, no solo porque esto te permite seguir pensando toda la noche en el principio del día siguiente, sino porque los atracones matinales son desmoralizadores, tóxicos y exasperantes, y parecen inventados por el diablo para que uno se arrepienta de lo que está haciendo” (p.175).

Y si de consejos del maestro se trata – y de carácter también -, en esta misma carta encontramos otros que valen más que el oro: “Lo que me dices de “mi disciplina de hierro” es un cumplido inmerecido. La verdad es que la disciplina te la da el propio tema. Si lo que estás haciendo te importa de veras, si crees en él, si estás convencido de que es una buena historia, no hay nada que te interese más en el mundo y te sientas a escribir porque es lo único que quieres hacer, aunque te esté esperando Sofía Loren” (p.175). “Yo creo que tú debes escribir la historia de las tías de Toca y todas las verdades que conoces” – le dice a su amigo – (¿conminación, advertencias?): “Por una parte, pensando en política, el deber revolucionario de un escritor es escribir bien. Por otra, la única posibilidad que se tiene de escribir bien es escribir las cosas que se han visto”. (…) “… porque la literatura positiva, el arte comprometido, la novela como fusil para tumbar gobiernos, es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo. Y para colmo de vainas, ¡qué vaina! No tumba ningún gobierno” (p. 176).

Gabo y Plinio

Gabo y Plinio

De ser tan trascendente y admirable la obra de GGM, para quienes nos hemos nutrido y gozado con ella durante tantos años, el libro de Plinio Apuleyo Mendoza me resulta, ciertamente, revelador sobre procesos y detalles apenas conocidos a través de notas periodísticas o de críticas ortodoxas a las cuales solíamos acceder, ante la escasez de informaciones oportunas y profundas, que en décadas anteriores no eran posibles. Descubrir, ahora,  un Gabo amigo, campechano, febril artesano de las letras, apasionado de historias imposibles es un deleite y un regalo, cuyo agregado desmitificador cuaja en un estilo que lo dignifica, amén de ser respetado – claro –  en su visión ideológica, tan contraria a la del autor de este libro, que se confiesa un “… liberal no marxista como en los tiempos de mi juventud” (p. 239); y cuya filiación, aunque a momentos enrarece y quita espacio al que debería ser protagonista de la obra, deja entrever aquellas contradicciones e escisiones de los escritores de lengua castellana en instancias cruciales de proyección política, como fue el sonado “caso Padilla”, en donde GGM y Cortázar se alinearían con las decisiones del Gobierno cubano, y Vargas Llosa, Goytisolo, Semprún,  Fuentes, Mendoza, estarían en la orilla opuesta (apartado 6). Además de los nombres mencionados, con gran naturalidad, aparecen en las páginas del libro personajes como Nicolás Guillén – vecino y amigo entrañable; otro vecino, que iba ser  presidente de Francia, Francois Miterrand; al igual que lo fue en Venezuela Luis Herrera Campins, en cierto tiempo compañero de labores en la revista Momento donde trabajaron también GGM y Mendoza; Camilo Torres – el cura guerrillero, quien bautizara al primogénito del Gabo y de Mercedes -, y muchos más.

Gabo. Cartas y recuerdos es un libro donde se entreteje la persistencia y el empeño de GGM, al revelarnos la intensidad de diecisiete años en torno de la idea y la estructura del “Otoño del patriarca”, atestiguadas en tres de las cartas publicadas: “… desde un punto de vista estrictamente literario, me interesa: la soledad del déspota. Mi propósito es llevar a un plano puramente poético la tesis de que el exceso de poder conduce irremediablemente a la soledad, que ya estaba esbozada en el alcalde de La mala hora…” (p. 200). Tengo que empezar por el capítulo final, cuando la gente entra al palacio siguiendo a los gallinazos que se meten por las ventanas, y encuentran al dictador tirado en el salón del trono, muerto y ya medio carcomido (…) Tengo que contar todo al revés, en un mamotreto que reconstruya muchos años de vida, y dejar la impresión de que nadie estará nunca seguro de su muerte” (p. 202).

Para ser justo con el autor, Gabo y los lectores, dejaré que sea el mismo Plinio Apuleyo Mendoza quien diga las últimas palabras – con un sincero muchas gracias – por este acercamiento al ser humano, al maestro, al amigo GGM:

“Sé que estás escribiendo sobre mí. Sé que piensas decir que todo lo tenía previsto en la cabeza –dice Gabo, y yo paro las orejas porque a favor de la noche y de la Viuda Clicquot, sus palabras , por primera vez en mucho tiempo, traen sorprendentes jirones de un sentimiento muy íntimo, intenso. Pues de voy a decir una cosa – dice -, estás equivocado. (Levanta su copa y bebe.) Después, su voz suena todavía ronca, profunda: – Yo no sabía, te lo juro, hasta dónde podía empujar el carro. Simplemente me levantaba cada mañana, sin saber qué iba ser de mí, y lo empujaba. Un poco más. Siempre un poco más, sin saber si llegaba o no llegaba. Sin saber nada. (…)  – ¿Te acuerdas de Macomber?  – me pregunta. ¿El cuento de Hemingway? Sí, el mejor cuento que se haya escrito. Un cuento cojonudo. Acuérdate. Macomber sale a matar al león. O un búfalo. Sale temblando y se lo encuentra. Temblando alza el fusil y apunta. Temblando lo mata. Pues bien, ¿sabes una cosa? Yo soy Macomber. Mejor dicho, todos somos Macomber. Algunos hemos llegado a hacerlo. Pero temblando. (…) Era un caso perdido que había decido no serlo, un Macomber que había resuelto matar a su león. Lo había matado, ahora. Un Rey en Estocolmo, le daría el trofeo.  –Todos los días de mi vida me he despertado cagado de susto. Antes por lo que podía ocurrirme. Ahora por lo que me ha ocurrido”.  (ps. 250-251).

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