Otavalo, más que turismo

7 de abril de 2014 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

Cuando se vive fuera del país de origen, una ventaja vivencial y de aprendizaje es la valoración que las personas alcanzamos en torno a todo aquello que nos era familiar, cotidiano, natural en el terruño en que nos criamos: costumbres, comida, paisajes, lugares de solaz; y, por supuesto, la familia, los amigos, la gente compatriota de todas las culturas y regiones.

Así es como he aprendido a reconocer los valores transcendentes de Quito, Zaruma, Otavalo, solo para hablar de ciudades ecuatorianas referenciales para el turismo, así como lo son Cuenca, Baños, Cotacachi, Salinas. A sabiendas de que turismo implica lo original, lo diverso, lo atractivo, al menos.

Otavalo reúne esas y más características para quien desee conocerlo como un típico lugar turístico y de paseo; pues allí se encuentra lo más variado y hermoso de la artesanía ecuatoriana y a precios bajos: ponchos multicolores, sombreros de paja toquilla, blusas bordadas, bisutería en diferentes materiales – nacional e internacional –, pinturas, máscaras, bufandas y pañuelos coloridos, instrumentos musicales típicos, tapetes y tapices tejidos, cerámica ornamental, etc., etc. Una ofrenda multicolor e iluminada que el visitante puede encontrarla todos los sábados de “Taita Imbabura”[1], extendida por el centro de la ciudad, como una muestra graneada de las culturas ancestrales y de la creatividad de su gente trabajadora. Un acontecimiento inolvidable, considerado por los entendidos como la más grande feria de América Latina al aire libre, administrada diligentemente por atenciosos vendedores y vendedoras que, por lo general, forman parte de una familia extensa, tradicionalmente dedicada a esos menesteres.

Pero Otavalo es más que un polo turístico casi obligado de Ecuador. Visto ahora a la distancia del tiempo y los kilómetros que me separan físicamente de este escenario, encuentro que representa una especie de crisol donde se funden los valores más significativos de nuestras culturas indígenas, que han luchado centenares o, talvez, miles de años para mantener vigentes muchas de sus costumbres, como la vestimenta, la música, las fiestas, ritualidades, formas de comerciar, alimentación, etc., sin dejar de ser permeables a los embates de los nuevos tiempos.

Muestra de lo expuesto son los cientos y miles de indígenas otavaleños que habitan o andan por los más remotos confines del mundo, y que para vivir comercian y venden los tejidos y artesanías de su tierra, o forman conjuntos de música folklórica para ir por todos los continentes de este planeta llevando esa alegría ritual que contagia. Es muy fácil reconocerlos: ora por sus vestimentas y ponchos coloridos, ora por los cabellos negros y trenzados de los varones, ora por las blusas bordadas, los collares y sayas de las mujeres, ora por la osotas blancas de hombres y mujeres; siempre en una actitud altiva y con ese talante trabajador que los distingue. Son, ciertamente, los mejores embajadores de la riqueza multicultural del Ecuador.



[1] Expresión con la cual los habitantes de la zona se refieren al monte Imbabura (4600 m.snm) que flanquea la ciudad. Taita, en lengua quichua, significa papá. En la tradición indígena, el Taita Imbabura estaría casado con la Mama Cotacachi; monte en cuyas cercanías florece una linda ciudad que posee el mismo nombre.

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