TAN CERCA Y TAN LEJOS

26 de fevereiro de 2014 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

Con esta expresión española, bien se podría sintetizar lo que ocurre entre la mayoría de los países latinoamericanos, en una diversidad de aspectos, particularmente en lo relacionado con la riqueza cultural que poseemos quienes poblamos esta parte del continente. De pronto son reconocibles apenas aquellas manifestaciones que los grandes medios de comunicación, transnacionales o países interesados publicitan, como los carnavales, peregrinaciones religiosas, ferias de libros, encuentros impostergables por las demandas sociales, etc.

Cuando se trata de música – elemento dominante, y necesario como el aire, en la semiosfera global –, lo imperante resultan ser los mega conciertos promocionados por grandes firmas comerciales o mediáticas que obtienen jugosas ganancias económicas y capitales simbólicos para seguir garantizando sus pingües negociados. Los conciertos de músicas más elaboradas o que evocan raíces folklóricas o populares ocupan un estatus de segundo, tercero y cuarto orden o, sencillamente, se las ignora. Su consumo se reduce a círculos de especialistas o amantes del género – generalmente en solitario o para matizar las reuniones familiares y grupales. Por supuesto, las excepciones ventajosamente aún existen y hay que celebrarlas. En estos últimos tiempos he conocido unos pocos casos que en algún momento habrá que relievarlos.

Al hacer mención sobre lo poco que nos conocemos entre los latinoamericanos, deviene de un encuentro con el recuerdo de uno de los grandes íconos folklóricos de la música de nuestra América del siglo anterior: Atahualpa Yupanqui, nombre incaico que fuera adoptado por el cantautor argentino Héctor Roberto Chavero (1908-1992), cuya trayectoria poética y musical iluminó la atmósfera del folklorismo hispanoamericano de gran parte del siglo XX, con repercusión, incluso, en algunos países de Europa, que supieron valorar la representatividad del mensaje campesino nuestro, enarbolada en su voz sentimental y el tañer de su guitarra criolla. Payador privilegiado, desgranó como nadie sus notas y versos para festejar la naturaleza humana y su campiña añorada, que gustaba recorrerla a caballo con su compañera inseparable, la guitarra, para cantarle a la gente sencilla de su pueblo, y también a los amantes de su arte en el mundo, cuando se veía obligado a tomar un avión para cruzar continentes.

“Nació en el campo y se crió en el campo y tuvo siempre orgullo de ese origen campesino. Fue un protagonista del siglo XX, y además fue un profundo observador de ese siglo…”, así es como lo recuerda uno de sus hijos al presentar el video “Atahualpa Yupanqui. Su legado”, que he tenido la oportunidad de ver en estos días para admirar aún más a un viejo conocido, a través de sus anécdotas, versos, paisajes, canciones, guitarreadas. Legado que se conserva en el espíritu de quienes – a su tiempo – tuvimos la oportunidad de nutrimos de ese bagaje invalorable,  y – ahora – en los objetos y proyectos que pertenecen a la fundación de Cerro Colorado que lleva su nombre, “… porque lo que adentra la cabeza de la cabeza se va, lo que adentra el corazón se queda y no se va más”.

¿Será que ahora que este documental se encuentra a nuestra disposición en la Internet, podría acercarnos a este extraordinario testigo y actor del siglo XX  en la sencillez de la palabra, su guitarra quejumbrosa y sus versos campiranos, sin más pretensión que conocernos un poco, ya que estamos tan cerca?

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