Del tiempo y sus rituales

21 de dezembro de 2013 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

De la dimensión del tiempo nadie se escapa. Es, seguramente, la realidad más cercana de la cual estamos pendientes de manera continua. Cada cultura, cada pueblo tienen sus propias concepciones. Todas las personas, de una u otra forma, nos rendimos frente a esos portentos que gobiernan nuestras existencias. Y el tiempo es una de esas fuentes vivificantes, y hasta misteriosas…

De ser una dimensión aún incomprendida por la ciencia, queda para el cotidiano, la poesía y el mito ese espacio necesario para alimentar sus imaginarios. De ahí que, en la mayoría de las llamadas culturas occidentales, resulte tan natural que se conciba el tiempo como una proporción que se fracciona en días, semanas, meses, años, siglos, etc. En efecto, organizamos calendarios basados en los movimientos de los planetas, en las fases de la luna; conmemoramos aniversarios; recordamos y festejamos acontecimientos que consideramos importantes. Es el cotidiano expandido, la memoria; lo humano en su expresión temporal.

Así es como llegamos a celebrar el fin de año, como que el tiempo se acabara por ahora para luego empezar de nuevo otro período. Esta visión cultural del tiempo es, por supuesto, solo un mito, un espejismo, posibles de evidenciar por la ritualidad. Manifestación cíclica que trasciende en formas diferentes, según sean las creencias de los pueblos, las condiciones del momento, la riqueza cultural de las generaciones.

En Ecuador – en todas sus regiones –, hay una manera muy particular de celebrar y festejar el fin de año. En primer lugar, este especial período de tiempo que culmina, por supuesto, el 31 de diciembre de todos los años, se personifica, y, para ello, toma la forma – claro está – de una persona masculina y adulta – generalmente –, aunque también puede ser representada por monigotes que no siempre serán antropomórficos o masculinos. En todo caso, lo importante será que haya un monigote que asuma la representación del tiempo que se acaba: el AÑO VIEJO. Llegada la hora 24 (las doce de la noche) del 31 de diciembre, el monigote será tirado al suelo, se le rociará un poco de gasolina y se lo incinerará hasta que se consuma todo, mientras las personas que lo construyeron o lo compraron saltarán sobre éste al compás de petardos, y hasta en medio de insultos para que deje de imperar la mala suerte o los sinsabores que, supuestamente, ocasionó el año que empieza a quedar atrás.

Lo descrito es, en realidad, la culminación de la ritualidad del Año Viejo en Ecuador. Sin embargo, bien vale la pena explicar que ésta es, con certeza, una las más interesantes manifestaciones culturales que persisten como expresión de un rito cargado de sentidos y celebrado entre las diferentes clases sociales de las urbes ecuatorianas.

Como parte de festejo general, en las principales ciudades del país, la gente acostumbra a exhibir sus monigotes junto a la puerta o en jardín de las casas, uno o dos días antes de la quemazón. Llegada la tarde y parte de la noche del 31 de diciembre, muchos hombres vestidos y disfrazados de exuberantes mujeres – simulando “viudas alegres” – se apuestan junto a su “Año Viejo” (el Viejo); bailan, coquetean y cimbrean sus cuerpos frente a los hombres que circulan en los vehículos, quienes se ven obligados a retribuir esos “favores” con monedas, con el beneplácito de las mujeres acompañantes que dejan que sus varones correspondan a esa simulación, en medio de la risotada general.

En algunos hogares e instituciones, inclusive, el ritual del Año Viejo es más amplio e interesante. Además de la designación de las personas que se ocuparán de la cena de fin de año, de la confección del monigote – que debe representar a algún miembro de la familia o de la comunidad (el que más tonterías hizo o calamidades sufrió, o hasta el mismísimo Presidente de turno) –, se nombra a la persona que tiene más competencias para escribir un “testamento”, que no es más que una especie de relato versificado – con rima y todo –, donde se exponen con gracia y humor las debilidades de los miembros de la familia o de otros personajes conocidos que han incidido durante el año, para mal o para bien. Es, si se quiere, una especie de catarsis; la oportunidad de expresar hilarantemente lo que no se ha podido decir en serio, sin el temor de que se produzcan resentimientos. La “herencia” del testamento se la espera y recibe un poco antes de que llegue la media noche, pues el propósito es que todo yazga en cenizas junto al AÑO VIEJO, y empiece el AÑO NUEVO…

Así, en Ecuador, el mito del tiempo anual supervive en el ritual, para bien de todos.

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