La fascinación simbólica de los animales

15 de outubro de 2013 Processocom

Alberto Pereira Valarezo

De los seres vivos, los animales son, seguramente, los referentes más socorridos por sus valores o significaciones simbólicos. Éstos están presentes en la literatura, pintura, escultura, cine, publicidad, heráldica, etc.

¿De dónde viene esa fascinación, esa necesidad de la representación zoomórfica? Si la pregunta estuviera dirigida a un psicólogo, un antropólogo, biólogo o a un religioso, con certeza tendríamos respuestas muy diversas y hasta contrapuestas. Pensada la pregunta desde la semiótica, desde la comunicación, yo diría – sin dudarlo – que deviene de la fuerza simbólica que estos animales han logrado conquistar.

En efecto, uno de los objetos de reflexión teórica que interesan a la semiótica es el relativo al símbolo, como un tipo de signo polisémico; marcado por significaciones culturales, estéticas, mitológicas, psicoanalíticas, publicitarias, deportivas, etc., cuyos valores – generalmente connotativos – terminan envolviéndonos lenta y sutilmente; tanto, que es imposible prescindir de éstos, hasta en nuestras relaciones cotidianas.

Pero, por cierto, dada la capacidad selectiva del ser humano, no todo animal ha alcanzado tal estatus significativo. De los miles o millones de animales existentes o desaparecidos del planeta, talvez uno o dos centenares de estos seres vivos habrán logrado la hazaña de convertirse en símbolos, gracias a la cercanía, servicios que prestan, temor que inspiran, evocación mítica o mística, inspiración poética que producen en el ser humano.

En este mundo pos moderno, donde la producción de sentidos se genera, circula y consume tan generosamente en y por los medios de comunicación masiva, resulta paradigmático el caso de la publicidad para nuestra reflexión; pues no tenemos que esforzarnos demasiado para comprender lo que simbolizan animales como el perro, el caballo, el gato, papagayo, elefante, león, pantera, águila, tiburón, camello, oso, paloma, etc.; significaciones que, a fuerza de utilizarse profusa y masivamente, terminan por estereotiparse, con el consiguiente empobrecimiento de los sentidos originales.

Porque, entre otras cosas, vale recordar con I. M. Lotman que “El símbolo nunca pertenece a un corte sincrónico determinado de la cultura, siempre lo atraviesa verticalmente, viene del pasado y va al porvenir. La memoria del símbolo es más antigua que la de su contexto textual no simbólico”.

La verdad es que, a pesar de las virtualidades simbólicas representadas por esos selectos animales, dado el uso y consumo exagerados de la publicidad, acaban por debilitar su fuerza simbólica y tornarse en señales monosémicas.

Eso, por suerte, no ocurre en las manifestaciones artísticas como la escultura, literatura, teatro, cine, donde, si bien los animales son más selectos, se constituyen en elementos clave de la interpretación textual. Vaya uno a saber cómo el caballo, el león, el águila, la serpiente, el toro, etc.,  se multiplican en las esculturas de Occidente, al igual que en el lenguaje cinematográfico, en el cual aparecen adicionalmente otros símbolos en forma de mariposas, aves de rapiña, cigüeñas, cuervos, lobos, hienas, monos. El león-mascota adoptado por la Metro Godwyn Mayer (MGM) hace décadas para la apertura de sus filmes, no puede ser más tradicionalmente simbólico.

Como simbólicas son todas aquellas figuras mascotas de millares de clubes deportivos diseminados por el mundo, donde los animales son los exponentes más significativos de las virtualidades que proclaman orgullosos los hinchas y seguidores. Y aquí la fauna simbólica es de lo más variada y curiosa; van desde los más pequeños hasta los más gigantes, y no sólo mamíferos y aves; a saber: hormiga, elefante, camaleón, dragón, abeja, ratón, sapo, oso, gallo, tigre, león (otra vez…), gavilán, águila, y decenas de bichos más.

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