CRÓNICA DEL CHILE QUE CONOCIMOS – Parte VII

28 de agosto de 2013 Processocom

Alberto Pereira

CHILOÉ, MÁS QUE UNA ISLA

Aunque la  Región de los Lagos es muchísimo más de lo que nosotros logramos apreciar, era momento de emprender viaje para otra zona de la larga geografía chilena. Tiempo de realizaciones que encendieran un imaginario alimentado por años y que, finalmente, estaba cercano: el Archipiélago de Chiloé. Apenas si nos acercábamos a lo que podría significar: mitos, leyendas, arquitectura, historia, costumbres, culinaria, recuerdos. Efectivamente, por consejo de la compañera de viaje hacia Puerto Montt, desde esta ciudad nos embarcamos en el autobús de la empresa recomendada para realizar nuestra primera parada en Ancud, entrada norte de la gran Isla. Pero, para llegar hasta ahí, es menester recorrer un trecho de sesenta kilómetros por la Panamericana sur hasta Pargua, cruzar el canal en un gran transbordador, llegar a la otra orilla y proseguir por tierra veintisiete kilómetros hasta Ancud. Todo el  trayecto desde Puerto Montt lleva algo así como dos horas y resulta muy entretenido; entre otras cosas porque, cuando se navega por el Canal de Chacao, uno puede salir del vehículo, sacarse fotos, respirar la brisa marina y gozar del paisaje.

Pero Chiloé es, en realidad, un archipiélago compuesto por unas cuarenta islas de dimensiones variadas; pero, sin duda, es su gran isla el referente insular, con tres ciudades importantes: Castro (la capital), Ancud y Quellón. Con una superficie de unos nueve mil km2 alberga más de ochenta pueblos, cuya toponimia –en su gran mayoría aborigen- es uno de los indicios de su riqueza cultural, ecológica y humana.

Chiloé (Lugar de Gaviotas) nos abría generosamente sus puertas por Ancud (Tierra Fértil) la segunda semana de febrero de 2013, en una mañana de llovizna apenas perceptible. En todos los sentidos, Ancud fue gran sorpresa. Su ubicación privilegiada, la arquitectura, su comida, la artesanía, su gente. Como nunca en este viaje, acertamos con la reserva del hotel: en la parte alta de la ciudad, con espacios amplios al borde de un farallón con una vista fabulosa al Pacífico. Una habitación acogedora que olía a madera estaba ahí para nuestro descanso, con una serie de detalles que lo hicieron memorable: cortinas tejidas a croché, identificación mediante el nombre de un árbol, desayuno con reservas personalizadas, etc.

Ancud, además de la arquitectura donde el material dominante es la madera revestida de colores vivos, nos reservaba una sorpresa que la descubrimos recorriendo sus tranquilas calles: una iglesia que se encuentra en mantenimiento, de acuerdo con los cánones arquitectónicos de la Escuela Chilota, cuyas construcciones se ha constituido en patrimonio cultural. Por cierto, entre sus naves se pueden observar las distintas técnicas y estilos que los constructores y carpinteros de la zona utilizan, al igual que los planos y el uso de materiales. Y como si fuera poco, están a la vista maquetas de madera, a escala, de las principales iglesias de la Isla, dieciséis de las cuales han sido declaradas  por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Mientras registraba fotográficamente detalles de esa espectacular arquitectura, me resultaba inevitable no recordar a mi padre, Lizardo, en sus buenos tiempos de constructor, ¡cómo hubiera apreciado aquello!

Movidos por las ganas de tomar un café y comprar recuerdos, entramos con Jiani al edificio que funciona junto a la iglesia. Lo menciono porque es parte de esos recuerdos asociativos que no se pueden evitar. Ahí nos atendió una típica jovencita chilota: menuda, trigueña, cabello negro, sonrisa dulce, de hablar chilota –por supuesto-, simpática. Fue inevitable que no pudiera recordarme a Clarisa, una amiga de Castro que yo había conocido por fotos hace cuarenta años a través del correo de esos tiempos, y que yo intentaría ubicar días después –sin éxito- en dicha ciudad.

Otro de los atractivos de Ancud es el Museo Regional; magnífica atmósfera de recreación histórica que nos muestra sintéticamente –en expresiones museísticas diversas- la cultura chilota y el devenir de San Carlos de Ancud. En las afueras del edificio pudimos apreciar un enorme esqueleto de una ballena azul, y la réplica de la Goleta “Ancud”; gloriosa embarcación en la cual un puñado de intrépidos marineros que, saliendo desde este puerto, habían tomado para Chile posesión del Estrecho de Magallanes (21 de septiembre de 1843), apenas veinticuatro horas antes de que la corbeta francesa Pheaton anclara junto al Ancud con la misma misión.

Por supuesto, no podíamos dejar de visitar su bonito mercado de dos andares. Es una construcción de madera donde se venden artesanías que entrañan sentidos que dan cuenta de la cultura y costumbres del Archipiélago, además de los productos para el consumo culinario. Ahí es cuando uno comienza a reforzar las ideas trascendentes, particularmente, de la mitología que implica a esos seres fabulosos que pueblan las historias y tradiciones chilotas: la Pincoya, la Fiura, el Camahueto, el Trauco, y tantos más.

Y ahí, frente al mercado, se encuentra el Curantón; famoso restaurante que proclama que desde hace más de un siglo, viene de cocinar para proporcionar felicidad sexual a sus comensales. Es ciertamente un hermoso y afamado lugar para deleitar los paladares exigentes que apetecen probar los mejores productos de mar. Aunque uno puede comer una variedad de potajes, su famoso Curanto es el plato indiscutido del lugar: generosa combinación de mariscos, cerdo, gallina, acompañado de habas tiernas en vaina, papa y masa de maíz; todo ello asado entre piedras calientes y otros secretos, que servido con vino blanco sabe a gloria.

Sólo el hecho de no poder conseguir más hospedaje en el hotel impidió que no pernoctáramos, al menos, otro día en Ancud. Había la posibilidad de que eso pudiera ocurrir al regreso de Castro, que era ciudad que habíamos escogido para nuestra última base de desplazamientos por el Archipiélago. En efecto, cargados de nuestras mochilas, el domingo 10 de febrero estábamos buscando hospedaje en la capital de Chiloé, después de la orientación que requerimos en el Centro de Información de Turismo ubicado en el parque central. La verdad es que, en temporada alta, no resulta fácil encontrar un lugar para alojarse en esta ciudad. Abrasados por un calor húmedo, finalmente, logramos una habitación en un hostal que, desde la parte alta, nos regalaba una visión hacia la bahía, que, por esas coincidencias culturales, el martes a media noche, terminó por iluminarse toda, con juegos artificiales que la población ofrecía en homenaje de alguna Virgen; muestra de la fe cristiana que los isleños profesan, al igual que la gran mayoría de chilenos.

Ciertamente, si algo llama la atención en Chile –al menos en los lugares donde estuvimos- es la religiosidad de su gente, de modo particular en Chiloé, cuya expresión física se materializa con características especiales en las iglesias de madera, que son los escenarios de ritualidades y tradiciones centenarias, como las que pudimos observar en la Iglesia de San Francisco de Castro cuando  conocíamos esta magnífica muestra arquitectónica chilota, cuyo intenso color amarillo exterior es lo primero que llama la atención.  Ahí, junto a esta iglesia de madera en estilo neogótico, los ojos y los sentidos estéticos del visitante se pueden maravillar también con otra construcción representativa del Archipiélago, en donde se exhiben y venden artesanías típicas del lugar, además de otros servicios imprescindibles para los visitantes. Se trata de un caserón de un solo andar y de buena altura, en disposición de ele, cuyos techado y cobertura exterior  llaman la atención porque usan el alerce de manera primorosa.

Você pode conferir a continuação de “Crónicas del Chile que conocimos” todas as quartas-feiras aqui no site do Processocom.

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