CRÓNICA DEL CHILE QUE CONOCIMOS – Parte IV

7 de agosto de 2013 Processocom

Alberto Pereira

Teníamos que ir a Viña del Mar –la Ciudad Jardín, según reza su publicidad turística-. Y para hacerlo es suficiente tomar un autobús desde Valparaíso, y en escasos minutos uno puede bajarse en la explanada de su emblemático reloj de flores, tomarse unas cuantas fotos y comenzar a recorrerla por el bulevar que corre paralelo al mar. Admirar el capricho natural de las rocas pobladas de pelícanos y gaviotas, y aún más, sorprenderse con un perro  que les disputa su territorio (¡ah, los perros chilenos son otra historia!). Hoteles y castillos en el recorrido, hasta que uno termina por adentrarse en la planicie de la ciudad que pinta a moderna. Debíamos cambiar dólares por pesos  en el sector financiero antes de visitar rápidamente el Museo de Antropología e Historia, que guarda una muestra representativa del acervo cultural y humano de Chile, incluida una sección dedicada a la famosa Isla de Pascua. Los cafés y los restaurantes no fueron ajenos tampoco en nuestro andar; lo que más recuerdo es un café con humitas que paladeamos evocando la culinaria ecuatoriana. ¡Cómo el maíz –nuestro dorado- está presente en los países de América en potajes variados y sabrosos!

Conocer la Quinta Vergara era uno de mis deseos inconfesados hasta cuando llegamos a la ciudad. Había oído hablar tanto del lugar  desde hacía tiempos, por aquello del renombrado Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar que se realiza todos los veranos, y en donde –según dicen- la exigencia del público es tal que pueden fracasar hasta los más famosos y pintados artistas que llegan hasta ese “templo”. Qué remedio, no era nuestro día para aquello, pues sólo pudimos mirar las instalaciones del anfiteatro desde afuera porque lo estaban acondicionando para el   encuentro ya cercano; sin embargo, nos sorprendieron los hermosos espacios verdes del entorno y un palacio gótico veneciano que, aunque estaba también en mantenimiento, daba para apreciar la magnífica arquitectura revestida de blanco hueso.

Aunque a veces no logramos cumplir con un deseo totalmente, en compensación, otros eventos impensados se presentan para nuestro gozo. Ese fue el caso de dos ferias internacionales de artesanías que Viña del Mar había abierto para festejar sus fiestas. Una, en un lugar cerrado y otra en un espacio abierto cerca de la naturaleza. La segunda más grande y con mayores novedades que la primera. Eran muestras realmente interesantes y a precios razonables. La artesanía latinoamericana dominaba. En las dos encontramos artesanías ecuatorianas, donde los comerciantes y artesanos otavaleños son infaltables. Incluso se puede apreciar que algunas técnicas de estos compatriotas son utilizadas en otros países de manera comercial, con las consiguientes adecuaciones. Eso ya habíamos visto en el Mercado Central de Santiago. Artesanos chilenos estaban vendiendo camisas de algodón muy similares a las que fabrican en Otavalo, y que yo mismo estaba vistiendo ese día.  Cuando se tiene la oportunidad de admirar tantos objetos de uso personal, utilitarios o de decoración, elaborados por nuestra gente, uno no puede dejar de pensar cómo su ingenio obedece a una cultura, a una estética, a una tradición, a un estilo de vida, y, además, a la necesidad de expresarnos y hacernos sentir las semejanzas y diferencias. Entre las muchas emociones que produjeron en nosotros esas muestras, la oportunidad de renovar mi admiración por la artesanía guatemalteca fue inocultable, dada su laboriosidad y cromática inconfundibles, que dejaron perpleja a mi compañera.

Você pode conferir a continuação de “Crónicas del Chile que conocimos” todas as quartas-feiras aqui no site do Processocom.

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